Parámetros clave en el tratamiento de aguas crudas superficiales


El tratamiento de aguas crudas provenientes de fuentes superficiales como ríos, quebradas o lagos es un proceso fundamental para mejorar la calidad del agua destinada al consumo humano. Estas fuentes están expuestas constantemente a diversos tipos de contaminación —orgánica, inorgánica y microbiológica—, por lo que su tratamiento requiere del monitoreo y control de parámetros clave que permiten optimizar los procesos y minimizar riesgos para la salud pública.

Uno de los primeros aspectos a evaluar es la turbidez, que indica la presencia de partículas suspendidas como arcilla, limo, materia orgánica o microorganismos. Altos niveles de turbidez pueden afectar la eficacia de la desinfección, por lo que se procura reducirla por debajo de 5 NTU (Unidades Nefelométricas de Turbidez) mediante procesos como coagulación, floculación y sedimentación. Para ello, se emplean coagulantes como el sulfato de aluminio, cuya dosificación se ajusta según las condiciones del agua cruda.

El pH es otro parámetro determinante, ya que incide en la efectividad de los coagulantes y desinfectantes. Un rango entre 6.5 y 8.5 es generalmente favorable para los procesos de potabilización. En caso de desviaciones, se aplican correcciones con sustancias como cal o dióxido de carbono, buscando mantener condiciones operativas adecuadas. Asimismo, el pH influye en la corrosividad del agua, un factor relevante para preservar la infraestructura de distribución.

Desde el punto de vista microbiológico, se realiza un seguimiento de indicadores como los coliformes totales y fecales, que permiten detectar posibles contaminaciones por materia orgánica o aguas residuales. Para reducir la presencia de patógenos, se aplica desinfección con cloro libre residual en concentraciones que oscilan entre 0.2 y 0.5 mg/L, ajustándose según la carga orgánica del agua y su demanda de cloro.

Es importante aclarar que, si bien se aplican procedimientos técnicos estandarizados y controles de calidad en cada etapa del tratamiento, la empresa no puede garantizar al 100% la potabilidad del agua en el punto final de distribución, debido a variables externas como la calidad de la fuente hídrica, condiciones climáticas, infraestructura local o posibles contaminaciones posteriores. Por ello, se recomienda que los usuarios tomen medidas complementarias de prevención, como hervir el agua antes de su consumo, especialmente en zonas rurales o de difícil acceso.

El monitoreo constante y el ajuste de los procesos forman parte de un plan de operación estructurado, mediante el cual el personal técnico realiza análisis rutinarios y registra los valores obtenidos para tomar acciones correctivas cuando sea necesario. La implementación de estas buenas prácticas busca mejorar la calidad del agua distribuida, proteger la salud pública y fortalecer la confianza de las comunidades en los esfuerzos realizados para el abastecimiento.